La innegable desigualdad entre las escuelas privadas urbanas y las escuelas publicas refleja una brecha que va más allá del ámbito educativo y se introduce en un sistema de exclusión social. Las instituciones educativas privadas en zonas urbanas representan espacios de oportunidades con recurso pedagógicos de vanguardia, acceso a las últimas tecnologías y ambientes que fomentan el éxito académico; en cambio las escuelas rurales ofrecen una educación con recursos limitados y en ocasiones en condiciones precarias, esta disimilitud no es casual es el reflejo de decisiones políticas que posicionan a la educación como un bien de consumo en lugar de un derecho fundamental.
La educación rural no solo enfrenta la escasez o ausencia de
recursos sino también la falta de docentes capacitados, infraestructura
inadecuada en algunos casos caminos inestables que imposibilita la asistencia
regular este contexto no favorece el desarrollo pleno de los estudiantes y la
educación se percibe como un privilegio más que como un derecho; en pocas palabras la educación rural parece
estar marcada por el olvido y en contraste las escuelas privadas además de
ofrecer todas las comodidades y equipos para el proceso enseñanza aprendizaje
promueven la inserción en las mejores universidades y empleos.
Esta problemática
prolonga el ciclo de exclusión, los estudiantes de zonas rurales ven como el
acceso a las oportunidades educativas y laborales es limitado; mientras que
estudiantes de las élites en zonas urbanas son educados y preparados para
ocupar posiciones de poder y decisión en la sociedad, y es en este contraste
donde la educación deja de ser un instrumento de movilidad social para
convertirse en un mecanismo de reproducción de desigualdades. La educación que
debería ser igualitaria termina ampliando brechas y garantizando que los
recursos se acumulen en manos de quienes ya tienen el capital económico y
cultural para aprovecharlos.
Por ello, la
solución no es solo aumentar la inversión en la educación rural sino, cambiar
el enfoque del sistema educativo se debe romper con la lógica de una educación
que segrega y subordina y edificar un sistema donde la ruralidad no sea sinónimo de carencia en cambio se aprecia su
diversidad y riqueza cultural para ello,
se deben repensar los contenidos escuchar a las comunidades rurales y
desarrollar políticas quién
reconocimiento a dichas comunidades como actores válidos y no como receptores
pasivos.
La
educación debe representar justicia y no privilegio; por lo cual, para
disminuir esta es igualdad se debe asumir una responsabilidad colectiva que exige
una profunda reestructuración, inversión y construcción donde el abandono es la
norma además, transformar el imaginario de lo rural como periferia y darle el
reconocimiento como un centro legítimo de saberes y desarrollo humano; así la
igualdad no sólo será un discurso si en una realidad para todos sin importar
ubicación geográfica.
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